Una vida en un Teclado

Así se transmite mi vida desde un teclado.

La Sombra de las Dunas

La Sombra de las Dunas
Parte 1

1

Desde la cubierta del barco, Trípoli se veía como una fila de luciérnagas destelleantes en la oscuridad. De no ser por las luces, Francis hubiera sido incapaz de ver tierra, y mucho menos de distinguir donde terminaba el mar y empezaba el cielo.

El mediterráneo estaba tan calmado que ya había sido capaz de superar el mareo y los vómitos que sufrió cuando el barco zarpó de Roma. Siempre aparecían en los primeros días de travesía. Esta vez sólo duraron unas horas. Los habían provocado los virajes circulares que los remolcadores tuvieron que infligirle al buque, que por su antigüedad y lo pesado de la carga, no tenía margen de maniobra para salir del puerto.

Faltaba menos de una hora para desembarcar, de modo que Francis, dio la espalda a la ciudad y volvió caminando por la cubierta hacia su camarote. Quería comprobar que su equipo estaba en su sitio y continuaba intacto.“Il Piccolo” encaró las luces rojas de entrada a puerto.

Se había permitido el pequeño lujo de salir a la cubierta para contemplar donde operaría los próximos meses. La posibilidad de no poder contemplar cómo se alejaban las luces de África venció a su sentido común
Las templadas temperaturas Africanas y el viento procedente del Sahara hacían que, aun en pleno noviembre, el frio no fuera demasiado intenso en cubierta.

Al contrario que el resto del mundo, el mediterráneo permanecía bastante calmado, como si las noticias tan desastrosas que llegaban desde Europa no fueran con él. Los chascarrillos más comentados en las tabernas del puerto de Roma era el impresionante avance los alemanes hacia Moscú, y la dura resistencia del ejército rojo, que aunque parecía imposible, había conseguido detener a los alemanes a pocos kilómetros de la capital.

La balanza de la guerra estaba decantada del lado de las potencias del Eje, lo que había provocado la desmoralización de las tropas aliadas, en especial las británicas, que veían como noche tras noche sus ciudades amanecían bombardeadas.

Ese sentimiento de derrota era mayor aún en Londres, que había sido cruelmente castigada por la Luttwaffe, que durante casi dos meses bombardeó la capital del reino. Los británicos confiaban en que la Royal Air forcé contuviera a la Luttwaffe. Hasta que la RAF no fuera aniquilada, la invasión de las islas no sería posible.

Cuando Francis llegó a su camarote, por llamarlo de alguna manera, la mujer con la que compartía trayecto aún dormía en la misma incómoda posición en la que la había dejado. No se podía dormir muy cómodo en un colchón de poco más de un metro rodeado de paredes metálicas, por lo que Francis había pasado la noche repasando mentalmente la misión. Pero, a fin de cuentas, tampoco se viajaba muy seguro en “Il Piccolo” Tras revisar a fondo el petate comprobó que no faltaba ni sobraba nada. Ella no tenía apariencia de que le importase lo que Francis llevaba en su petate. Vestía con ropas antiguas, pero distinguidas, el tipo de ropa que suele llevar una mujer que roza los 50. No habían cruzado palabra durante todo el trayecto, salvo un frio saludo inicial. Ella se durmió a los pocos minutos de poner rumbo al sur, apoyada en su antigua maleta de cuero, que era todo el equipaje con el que viajaba. Sin embargo, ya había cometido una insensatez abandonando el equipo, no era necesario cometer otra por no revisarlo.

A pesar de escuchar la sirena de desembarque con claridad, Francis permaneció sentado 5 minutos más. La mujer se despidió con un sencillo ciao, sin ni siquiera desviar la mirada de la portezuela y salió al pasillo antes de que la sirena se callara. Las viejas y estrechas escaleras metálicas por las que debían subir a la cubierta principal no eran agradables de subir entre una marea de gente deseosa de abandonar el viejo buque.
A eso esperaba Francis.

Sería más fácil pasar el control de seguridad entre la masa de viajeros que saliendo entre los primeros. Los carabinieri no eran especialmente celosos en el cumplimiento de las normas de seguridad. Sin embargo, en un país en guerra, un hombre joven en solitario despertaba sospechas en todos los controles.
Observo durante un instante a las personas que abarrotaban el pasillo y decidió permanecer cerca de una chica poco menor que él. Tenía un gesto preocupado y la acompañaban dos niños de unos 5 y 8 años. A la espalda cargaba con un enorme petate y en el momento en el que riñó al más pequeño de los niños por alejarse un metro de ella, Francis adivinó fuerte acento romano en la muchacha. Lo que para sus intenciones, era aún mejor.
A medida que el control se acercaba, Francis se acercaba más a la muchacha. A 20 metros del control entabló una forzada conversación con ella sobre lo inquietos que estaban los niños.

-Puedo cargar con tu equipaje para que controles mejor a los niños, si te parece bien- le dijo Francis a la muchacha pocos metros antes de llegar al control, que respondió que no con un movimiento de cabeza a la vez que cogía fuertemente los niños de las manos para que no se separaran de ella.
Por este tipo de detalles suelen elegir a los más guapos para estas misiones, pensó Francis en el instante en el que la chica buscaba en su equipaje la documentación y la de los niños requerida por el carabinieri de más edad del control.

Un segundo después de que la chica soltara las manos de los niños para rebuscar en el petate, el más pequeño de ellos, que no había dejado de mirar fijamente una lata de conservas tirada cerca de la mesa, salió corriendo para darle una patada, pero no llegó a ella, porque Francis le agarró del hombro nada más iniciar la carrera. Sujetándolo con las manos sobre los hombros le dijo a la chica-Ya le sujeto yo-

No debería ser muy difícil pasar esta basura de control, pensó Francis mientras observaba la destartalada mesa donde se sentaba el bigotudo carabinieri que parecía estar al mando. El resto de guardias, dos con metralleta detrás de la verja y otro delante que ordenaba el paso por el control, estaban hablando alegremente de la juerga que se pegaron la noche anterior por las calles de la vieja ciudad de Trípoli y lo fácil que resultaba encontrar alcohol desde que había comenzado la guerra.
Una verja de alambre oxidado, una mesa hecha con tablones de madera ya doblados por el húmedo ambiente del puerto y con su correspondiente silla de similar aspecto, iluminados por una farola del puerto; era lo que formaba el control de seguridad. Francis tuvo la impresión de que la situación en Libia debía ser tan caótica, que no les quedaba ni alambre de espino para reforzar la verja. De hecho la posición del control parecía haberla marcado la farola, que tenía pinta de llevar anclada al suelo bastante tiempo.

-¿De donde viene?- preguntó el guardia con la mirada fija en el petate de la muchacha mientras recogía la documentación.
-De Roma, vengo buscando trabajo- respondió ella con la voz entrecortada.
-¿El viene con usted?- le preguntó a ella mientras le echaba él un exhaustivo vistazo de arriba a abajo.
-No, no le conozco- respondió la muchacha mientras recuperaba al niño de las manos de Francis que es esforzaba por mantener una expresión de serenidad. Entonces el guardia examinó la documentación sin decir ninguna palabra-

-Pase.

Francis alargó la mano con su documentación al carabinieri y este la recogió mientras le dirigía una dura mirada a los ojos.
-¿Nombre?- preguntó el guardia que había dejado de examinar la cara de Francis para centrarse en su petate.
-Vengo de Roma, también busco trabajo- al momento se percató de su error y añadió – me llamo Giuseppe Garibaldi.
-¿Que lleva en esa bolsa? le preguntó el guardia sin ni siquiera dejarle terminar de pronunciar su nombre falso.
-Algo de ropa, un poco de comida, unos ahorros… ya sabe para empezar de cero.
-Vacíela encima de la mesa y apártese.

Francis obedeció, volcando sobre la mesa el contenido del petate. La cara del carabinieri cambió por completo.
-¿También lleva una pitillera y un mechero que no tenía intención de declarar, o no lo lleva?
-No, no lo llevo- dijo Francis dejando caer la cabeza en un gesto de culpabilidad.

El guardia cogió la pitillera dorada y el mechero de gasolina, ambos a juego, bañados en oro y se los guardó en el bolsillo delantero de su camisa, los ahorros de los que hablaba Francis apenas eran un puñado de liras que no daban ni para comprar la comida de dos días, esas fueron al bolsillo del pantalón. Después examinó su documentación.

-Recoja sus cosas y pase, y procure responder con exactitud cuando se le haga una pregunta.

Francis metió sus pertenencias y pasó el control sin levantar la mirada del suelo.

La Sombra de las Dunas
Parte 1

2

Cuando por fin despertó era media tarde. Debía haberse levantado pronto y cambiar de hotel. Era consciente de que estaba relajando demasiado su seguridad.
Aún disponía de tiempo, no esperaban noticias suyas hasta dentro de tres días.

Vació el petate en la alfombra del hotel. Con un cuchillo del hotel abrió una lata de sardinas en conserva de las que llevaba. Al bigotudo de ayer no debían gustarle las sardinas, pensó mientras se las comía sin nada para acompañar.

Ayer en el control, tuvo la suerte de su lado, confió en que a esas horas de la madrugada, el guardia inspeccionaría el contenido de la bolsa, le llamaría la atención la pitillera y el mechero y se daría por satisfecho con las pocas liras que se suponía que eran los ahorros de un joven italiano. Estaba en lo cierto.

Cogió la cuerda que ataba el petate y deshizo el nudo, tiró de ella y la sacó del dobladillo. Lo que parecían nudos en cada extremo, eran en realidad tapones de rosca, desenroscó el de un extremo y como la serpiente que muda su piel, de dentro de lo que parecía una vieja cuerda salieron 7 metros de cable. A continuación cortó el petate por la unión de la tela, y separó todas las partes de las que se componía la bolsa. Cogió la tela que hacía de suelo, más gruesa y resistente que las otras piezas y comenzó a introducir la punta del cuchillo en el borde de la tela, en pocos minutos había separado las tres capas de tela de las que se componía el suelo del petate, cada una de esas capas llevaba 12 paquetes de 5 billetes de 1000 liras cada uno. Recuperó los billetes del resto de las piezas del petate, varios ejemplares de cada valor. Había dinero suficiente para comprar una casa y un coche nuevo, si hubiera casas y coches nuevos que comprar en Trípoli.

Del resto de latas de sardinas que le quedaban sacó un juego de ganzúas, unas pequeñas piezas electrónicas, un lapicero, un pequeño rollo de papel en blanco y una navaja.

Se fue al cuarto de baño con una de las telas que formaban el suelo del petate, la remojó y la escurrió en la bañera, y aún goteando la colgó en la ventana del hotel. Aparecieron entonces una serie de columnas de letras que Frain copió en el papel con mucho cuidado de no cometer errores.

Con los restos de tela del petate se hizo una bolsita más pequeña para llevar pegada al pecho, sujeta por una banda. Nadie hubiera sido capaz de adivinar que tras su camisa escondía la bolsa. En esa llevaba el dinero. También se hizo otro pequeño petate, para llevar la ropa.

Abandonó el hotel Roma asumiendo que ese había sido el último día de comodidad que disfrutaría por un tiempo. Debía buscar una habitación de alquiler donde poder establecerse. La fuente que adornaba la plaza de Italia no tenía agua, y los caballos que la adornaban estaban llenos de polvo del desierto, en similar situación se encontraba el ejército italiano en África, sin suministros y doblegados por los elementos. La ciudad misma parecía ya derrotada por la escasez de alimentos, los continuos cortes de luz, la falta de agua potable y el cansancio que todas las guerras provocan.

Caminó desde la plaza de Italia hacia la ciudad vieja, una zona de viejos arrabales compuesto de un tumulto de calles mal urbanizadas y casas semiderruidas, allí confiaba en que, como dijeron los de inteligencia, no sería difícil encontrar habitaciones a buen precio. Debía evitar la zona este de la ciudad, más segura y agradable, pero donde residían la mayoría de oficiales italianos y alemanes. La ciudad vieja estaba muy cerca del puerto, lo que convertía el lugar en una zona sensible en caso de bombardeo aliado. Pero Francis no preveía bombardeos hasta dentro de bastante tiempo.

En un pequeño paseo entre las calles de la ciudad vieja encontró varios carteles anunciando habitaciones, algunos de ellos ni siquiera eran carteles. Los dueños de las casas los habían pintado en la pared. Tras el necesario estudio de seguridad, desestimó la mayoría de las casas por no tener buena escapatoria, por estar a menor altura que los edificios más cercanos, o por estar demasiado cerca del puerto. De las dos casas que le quedaban eligió la que menos le gustaba, y quizá la menos segura, pero la única que tenía ventana con vistas a la callejuela principal. Además, desde el largo callejón que comunicaba la calle Mahmud con la Homet Garián nacían muchos pequeños laberintos entre las humildes casas, que le permitirían desaparecer rápidamente en caso de necesidad.

Francis entró por la puerta que señalaba la flecha del cartel pintado en la pared blanca de la casa. Medio cartel era ya ilegible, pues la cal se había desprendido del adobe, pero la palabra “camere” permanecía aún en su sitio. No había nadie en el pasillo de entrada, tan solo una silla de madera destartalada enfrente de una puerta cerrada, unas escaleras sin barandilla subían al segundo piso. Pintado en la pared contigua a las escaleras estaba el mismo cartel de la fachada, esta vez completo. Francis subió las escaleras, que terminaban bruscamente en una puerta abierta, entró. La parte de arriba consistía en un pequeño recibidor, que hacía las veces de cocina y salón, del que salía un pasillo con 3 puertas. Allí descansaba un anciano con aspecto bereber, sentado en el suelo, con la espalda recostada en la pared.

-¿Quedan habitaciones libres?- preguntó temiendo despertar al anciano.
-La primera puerta, cinco liras a la semana, se cocina y se limpia la habitación usted mismo, el orinal esta debajo de la cama. Se paga por adelantado- respondió el bereber mientras abría los ojos.
-De acuerdo, me la quedo- le dijo Francis al anciano que inmediatamente levantó su artrítica mano izquierda para recoger el dinero.

La habitación tenía una sola ventana con una gruesa cortina de tela, una cama de tamaño bereber, pero suficientemente grande para que él pudiera dormir con comodidad, y un armario de la época colonial donde había un juego de sábanas y una manta. Bastará, se dijo mientras buscaba el orinal debajo de la cama.
Desde la ventana se veía con claridad el cruce con la calle Mahmud, la curvatura de la calle no le permitía ver el fin por el otro lado.

La medina estaba repleta de gente, la mayoría de la etnia Bereber, especialistas en el curtido de la piel y trapicheantes de cualquier cosa que se preste. No faltaban italianos por las calles, algunos soldados de permiso o en servicio buscando alguna especia para rellenar sus escuálidos cigarrillos, trabajadores del puerto, marinos de todas las nacionalidades y sobre todo gente que había huido del fascismo imperante en la península, gran parte de ellos judíos.
En Trípoli era posible encontrar cristianos, musulmanes y judíos viviendo en paz. El caos y el abandono en el que Italia tenía sumida a la ciudad debido a la guerra, permitía una convivencia totalmente pacífica sustentada en que más vale preocuparse por alimentarse día a día que por la religión de los demás.

El hecho de que la iglesia de Santa María de Angelis, la mezquita de Gurgi y la Sinagoga estuvieran relativamente cerca dentro de la ciudad vieja, ayudaba a que el choque de religiones habitual en Europa, perdiera fuerza por cotidiano.
Cerca de la sinagoga Francis encontró lo que estaba buscando, una pequeña tienda de reparación y venta de transistores. Sin duda la guerra había sido propicia para esa pequeña tienda, que había pasado a ser clave para la comunidad judía, e italiana, que ávidas de conocer las últimas noticias del avance de la guerra en Europa sin esperar a los diarios de la mañana siguiente, compraban o llevaban a reparar sus aparatos allí. Francis se interesó por un transistor de medianas dimensiones, que pagó muy caro, pero que tenía dos altavoces, frecuencia larga y corta, antena y una calidad de recepción y un sonido excelente. Casi todo lo que necesitaba.

Ya empezaba a caer la noche, de modo que tras comprar un pedazo de carne de cordero seca en uno de los muchos “souks” que inundaban las callejuelas de la medina, puso rumbo a la habitación, donde le esperaba una noche de trabajo bastante larga.

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Parte 1

3

La recepción era de gran calidad, sin duda el aparato elegido había sido el adecuado. Las ondas estaban tranquilas, pero había sido capaz de captar una transmisión muy breve y lejana. Lo que le confirmaba que no estaba solo en la ciudad.

El aparato ya no parecía el mismo. Francis lo había desmontado y le había añadido las piezas electrónicas que había escondido en las latas de conserva. Había fabricado un radiotransmisor a partir de un buen equipo de radio. Tal y como había aprendido en los humillantes años en la academia de Fork Union. No había sido el mejor de su promoción, pero su destreza manual y su perspicacia eran sobresalientes. Por eso se le había asignado esta misión, aparte de por su físico menudo y de piel morena, y de que hablaba perfectamente italiano. Su madre Renata, romana de nacimiento, había emigrado a América después del fin de la primera guerra mundial. Allí conoció a su padre, Stewart, escocés de nacimiento, de corazón y también de estómago, pues no tomaba otro whisky que el de su patria. Ella le había dado el físico y el idioma y él le había dado el carácter.
Ya estaba en disposición de comenzar a transmitir y a recibir órdenes, y le sobraba tiempo para conocer la ciudad y observar los movimientos de tropas, comprobar qué tipo de barcos llegaban a puerto y con qué carga, e incluso tratar de interceptar alguna otra transmisión de algún colega.

Salió a la calle y comenzó un paseo a distancia prudencial por el puerto, los barcos que llegaban eran en su mayoría mercantes que la armada italiana había requerido para transporte de tropas, suministros, artillería y pertrechos varios para el 10º ejército que debía mantener sellada la frontera con Egipto, donde se venían librando encarnizados combates y se concentraba un importante número de fuerzas británicas. Dada la situación en Europa, totalmente dominada por la Alemania Nazi, y en el pacífico, totalmente controlada por la marina imperial de Japón. Lo más que les quedaba a los aliados era abrir un frente en África, donde el mediterráneo les protegería del ejército alemán durante el tiempo necesario para afianzar la posición. Pero Hitler y Mussolini sabían, al igual que Churchill, que la capacidad de desplegué de los aliados venía a ser la capacidad que tuvieran los británicos. Los cuales estaban más preocupados en defender las aguas de Gran Bretaña que de desplegarse en las aguas de Libia. Y bastante tenían con defender Malta y Egipto. Sin embargo, esos días se libraban intensos combates en la frontera entre Libia y Egipto.

Continuó su paseo dejando atrás el antiguo castillo de origen español que servía como polvorín. Resulta curioso, como en tiempos de guerra, los monumentos más importantes que tiene una ciudad, acaban siendo utilizados como polvorín, pensaba mientras continuaba por la calle Emilio de Bono que debía desembocar en el palacio de la gobernación.
El palacio, blanco inmaculado, destacaba sobre el resto de la ciudad por las cinco cúpulas doradas que brillaban en su techo. Cuatro de ellas en cada esquina del palacio, y la de mayor tamaño en el centro. El palacio si estaba fuertemente protegido, por lo que decidió no acercarse demasiado. Ya había visto lo que quería.

Era media mañana del día 25 de noviembre de 1941, y podía decirse que tenía vacaciones hasta el anochecer del día 27. Estaba previsto en su plan de acción, que el montaje del radiotransmisor le llevaría dos días, y otro más para inspeccionar los puntos sensibles de la ciudad, el palacio de la gobernación, el palacio de justicia, las sucursales del banco de Roma y del banco de Italia, el gran hotel, la estación de tren y sobre todo el puerto. Todo lo había estudiado ya, a excepción de la estación que al estar a las afueras de la ciudad era un objetivo secundario en el tiempo, pero no en la importancia estratégica. De allí partían gran número de trenes con tropas, carros blindados y pertrechos. De momento su trabajo en la estación era elaborar un informe con capacidad de carga de los andenes, e informar sobre los tiempos de carga desde que las provisiones llegaban a puerto hasta que salían en tren hacia el frente del este, así como del lugar donde se almacenaban los vagones de combustible dirigidos al frente. Pero ese informe debía transmitirlo dentro de seis días.

Francis leía el periódico en la terraza de una de las teterías de la plaza de Italia. Había pedido un té, que seguramente todo lo que le podían ofrecer. Las noticias del frente africano se tornaban confusas para los aliados. Más de 260 carros británicos habían sido destruidos por la división Ariete, entre ellos 50 tanques. Tobruk continuaba sitiado por las fuerzas del eje. Los británicos trataban de romper el sitio mientras las fuerzas atacantes trataban por el este de romper el cerco desde el exterior. En el desesperado avance en socorro de los compatriotas sitiados, los ingleses habían conquistado las plazas de Sidi-Azeiz, Gambur y Capuzzo. A cambio, el general Sterling, comandante de una brigada acorazada, había sido hecho prisionero. ¡Que se joda! Pensó Francis para sí mismo. Tras cinco días de combates de carros blindados, la situación era absolutamente confusa para ambos bandos. La batalla de Marmárica se parecía que iba a acabar en tablas tras un elevadísimo desgaste de las tropas. Si hubiera sido verano, el calor hubiera causado la mayor parte de las bajas entre tropa y artillería.

Por la Vía Bardia apareció un Kubelwagen. El grave sonido del motor Boxer refrigerado por aire ahuyentaba a los incivilizados viandantes de Trípoli, que no estaban todavía acostumbrados al intenso tráfico rodado que había traído la guerra. Dio la vuelta a la fuente y paró enfrente de la tetería. Francis ocultó disimuladamente su rostro tras el periódico. Los oficiales alemanes no eran tan descuidados ni tan poco disciplinados como los italianos.
Un coronel alemán de impecable aspecto bajó del vehículo y caminó hacia la tetería. En ese momento el camarero, un Bereber de avanzada edad que con poco equilibrio portaba una bandeja con los pedidos de varios clientes, trababa torpemente de abrir la puerta sin que se le cayera al suelo la bandeja. Se quedó petrificado al ver al oficial ante sí, Hubiera sido horrible que se le callera la bandeja al suelo, pero que se le callera encima de un oficial nazi hubiera sido fatal. Al contrario de lo que hubiera cabido esperar, el oficial abrió la puerta con la mano izquierda y con la derecha estabilizó la bandeja del camarero, que en ningún momento levantó la vista de la bandeja. Un casi inaudible “Grazzie mille” fue todo lo que los nervios y el miedo le dejaron pronunciar.

Ese era el tipo de persona que Francis estaba buscando.

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Parte 1

4

La situación en el norte de Italia no agradaba a Hitler. El ejército italiano no estaba respondiendo a sus expectativas. La desmoralización de las tropas era el principal problema. Algo intolerable en tiempos de guerra. Causada principalmente por la falta de liderazgo del general Graziani. La defensa del norte de África dependía del 10º ejército italiano. Y la situación no podía ser más caótica. Faltaban suministros y material, los carros de combate eran pocos y obsoletos, la disciplina italiana brillaba por su ausencia. La táctica y la estrategia en combate no era el fuerte de los oficiales italianos, que día a día perdían más carros y más tropas.
Las poco estudiadas acciones de combate acababan las más de las veces en ridículas retiradas a lo sálvese quien pueda, abandonando material, suministros y pertrechos en mano de los británicos.

Hitler había tratado de convencer a Mussolini de que abriera más puertos en el mediterráneo, era la única manera de que sus ejércitos recibieran más suministros de los que malgastaban en combate. Pero el Duce, orgulloso, se negaba a tal cosa.

El último informe del coronel Schulz hacía hincapié en varios puntos a solucionar inmediatamente. El puerto de Trípoli era demasiado pequeño y no permitía un reabastecimiento fluido a los ejércitos. Solo la ausencia de portaviones ingleses evitaba el hundimiento de los convoyes italianos. Era absolutamente necesario ampliarlo y abrir más puertos en Libia.
La toma de Malta era absolutamente necesaria para cortar los suministros británicos a las tropas de Egipto. Según el informe, a ese ritmo los italianos acabarían con sus reservas de combustible antes de fin de año, con lo que la batalla por el norte de África estaría perdida.

El soldado italiano levantó la barrera y saludó marcialmente al coronel Otto Schulz. Ya era casi de noche, pero el coronel tenía demasiado trabajo como para irse a descansar. Paró el coche en la puerta del palacio de la gobernación, apagó las luces y el motor y salió del vehículo. Se estiró y sacudió el uniforme, entonces rodeó el vehículo para coger la gorra que había dejado en el asiento del copiloto, fue entonces cuando se percató de pequeño papel que había en el suelo del Kubelwagen. Lo recogió y lo guardó en el bolsillo del pantalón, con intención de tirarlo a la papelera.
Apresurado bajó la escalinata de entrada su ayudante, el Sargento Klaus Klosse.

-Acaba de llegar una comunicación de Berlín, confían en que pueda enviarles el informe inmediatamente- Le dijo discretamente al coronel, y añadió -Dos días antes de lo acordado, algo se está cociendo.
-¿Cómo ha llegado la comunicación?
-Por radio y cifrada señor, parece que lo necesitan con bastante urgencia.
-Idiotas- Dijo Otto –Es posible que la transmisión haya sido interceptada pero aún no la hayan descifrado. Prepare el coche, nos vamos en 10 minutos.

El coronel entró en su pequeño despacho y cerró la puerta con llave y pestillo. Se dirigió al mueble colonial donde guardaba todos sus documentos. Por lo menos hacían los muebles bonitos, pensaba Otto siempre que contemplaba el mueble, de una calidad envidiable y una ornamentación digna de admirar. Abrió la puertecilla donde guardaba la caja fuerte, introdujo el código y recogió un sobre precintado.
Se acercó a la papelera para tirar el papel que había encontrado en su coche. Lo tiró a la papelera y salió de su despacho.

Klosse ya estaba al volante, esperándole al final de la escalinata con el coche preparado. Como tenía costumbre, el coronel abrió la puerta del vehículo, seguidamente se quitó la gorra y la dejó en el salpicadero. Entonces recordó de nuevo el papel que había recogido anteriormente.

-¿Ocurre algo Coronel?- Preguntó Klosse.
La cara le había cambiado por completo.
-Espéreme aquí, vuelvo en unos minutos- Respondió Otto que inmediatamente volvió a su despacho.

Allí continuaba el papel. Bien doblado, sin arrugas, limpio. No parecía basura. No era basura. Lo cogió, lo desdobló, leyó el contenido y se sentó en su mesa.
Tal y como había supuesto, ese papel no había llegado al coche por accidente. Alguien lo había dejado dentro. Repasó mentalmente todos los lugares donde había estado durante el día. El palacio de Justicia, el puerto, la estación de trenes y el Ayuntamiento. Quien lo hubiera dejado en el coche podía haberlo hecho en cualquiera de esos sitios.
Lo habían escrito a lápiz.

JWGEETAWMZFIBS27RLPILTHZY29Y1600MPXVYQT
HEIL…

Se trataba de un mensaje cifrado por una técnica muy básica. Mediante una clave que emisor y receptor deben conocer, correlativamente se le asigna a cada letra del mensaje original una letra de la clave, formando tantas parejas de letras como letras tiene el mensaje original. Posteriormente, mediante la tabla de Vigenere, se cifra el mensaje, dando como resultado un conjunto de letras ilegibles y sin sentido salvo para quien conoce la clave, que puede descifrar el mensaje revirtiendo los pasos. El cifrado era de gran sencillez, pero si no se conocía la clave podían pasar días hasta que fuera descifrado.
Otto pensó que quien quiera que fuese aquél que le dejó el papel, tenía la intención de que el mensaje fuera descifrado, por lo que la clave debía estar en el propio mensaje.
La primera fila de letras carecían de sentido por sí mismas, parecían el mensaje principal. La segunda fila formaba la palabra HEIL… Heil Hitler, pasó por su cabeza. Esa debería ser la clave.

Otto comenzó a descifrar el mensaje con HITLER como palabra clave, al terminar, leyó el resultado:

CONTACTOTOBRUK27NVIASIDIR29N1600TETERIA

El coronel bajó la escalinata y entró en el Kubelwagen.

-Adelante, al aeropuerto- Dijo aún con preocupación en su rostro.

El Kubelwagen era un pequeño vehículo que el ejército alemán había mandado fabricar a Porsche. Sobre la base de un chasis Volkswagen se montó un motor Boxer de 24cv refrigerado por aire con tracción a las cuatro ruedas. Sus principales virtudes eran la fiabilidad, la capacidad todo terreno, su poco peso y su mínimo
mantenimiento.
Era sin duda uno de los mejores vehículos que un ejército podía poseer. Había cumplido su cometido con notable éxito en todos los frentes donde había actuado.
En las buenas carreteras francesas, destacaba por su fiabilidad y por su capacidad para cuatro pasajeros. Era capaz de circular a 80km/h.
En Rusia se estaba mostrando decisivo. Su capacidad fuera de carretera y la tracción a las cuatro ruedas le permitían seguir avanzando mientras los vehículos del enemigo se quedaban encallados en los barrizales o en los caminos congelados por las nieves del invierno. Además su motor refrigerado por aire no se congelaba, por lo que las bajas temperaturas no le afectaban.
En África, su poco peso le permitía avanzar por las dunas sin hundirse, al contrario de lo que les sucedía a los Jeep Willys que los británicos habían comprado a USA. Más pesados, sin tracción a las cuatro ruedas aunque más potentes, y sobre todo, más caros y menos fiables.
Era común que los soldados alemanes, incendiaran aquellos Kubelwagen que podían caer en manos del enemigo durante una batalla, para evitar que el enemigo los usara en su contra.

Nada más llegar al aeropuerto de Castel Benito, Otto se presentó al oficial al mando. Otro coronel gordinflón, rubio, de labios carnosos y piel rosada, que desde que le habían destinado a África acostumbraba a vivir más de noche que de día.

-Necesito que un avión parta inmediatamente hacia Berlín con una valija- dijo Otto tras el pertinente saludo militar.
-No va a ser posible coronel, no tenemos vuelos programados con destino Berlín hasta el jueves por la mañana- le contestó el rechoncho oficial.
-Esta valija no debe esperar a que haya un vuelo programado para salir, se debe programar un vuelo exclusivamente para ella- contestó Otto entregándole el mensaje recibido desde el cuartel general del Führer.
-Lo siento coronel, usted sabe que para autorizar este plan de vuelo necesito recibir autorización expresa del mariscal Graziani- insistió.
-Coronel Friedrich, usted sabe que el mariscal Graziani no está en condiciones de autorizar nada. Esta valija debe salir inmediatamente para Berlín. De no ser así, yo mismo me encargaré de informar al estado mayor del Reich que esta valija llega tarde por que usted no autoriza el vuelo- dijo el coronel Schulz, amenazando directamente con su tono más firme al coronel Friedrich.
-Sin autorización lo más que puedo ofrecerle es un vuelo a Roma a las 6:00 de la madrugada. Si usted consigue una autorización del mariscal o de Berlín antes de esa hora tendrá su vuelo directo Berlín.

Iba a ser imposible convencer a Friedrich para que programara un vuelo directo a Berlín. Y la información era demasiado sensible para que estuviera en manos de los italianos, la opción de enviarlo a Roma no pasaba por la cabeza de Otto.
-Coronel- dijo Klosse rompiendo la tensión entre los dos oficiales, -es posible solicitar esa autorización por radio al cuartel general del Reich. Aún faltan dos horas para las 12 de la noche, será desencriptado rápidamente y es posible que dada la urgencia la respuesta nos llegue antes de que cambie la clave.
-Enigma está en la sala de control, pueden utilizarla- se apresuró a decir el coronel Friedrich, que comenzaba a temer que su negativa a programar el vuelo le costara cara.

-Vaya preparando el Avión- sugirió el coronel Schulz.

La Sombra de las Dunas
Parte 1

5

PREPARADO PARA OPERAR STOP
FUERZAS ALEMANAS REDUCIDAS STOP
POCOS SUMINISTROS EN PUERTO STOP
TRANSMISIÓN INTERCEPTADA HOY 18:23H AMIGA? STOP
POSIBILIDAD INTERCEPTAR MAS TRANSMISIONES STOP

Francis se quitó los cascos que él mismo había fabricado con los altavoces del transistor. Desmontó el aparato en 5 partes y las metió dentro del colchón. Utilizó lo últimos restos de tela que le sobraban del petate para protegerlas de las hebras de la lana que rellenaba el colchón. Luego quitó el calzo que bloqueaba la puerta. Se lo había fabricado con un trozo de madera que encontró cerca del puerto. Después escondió el papel donde había copiado los códigos de cifrado detrás de una madera suelta del mueble.

Había transmitido antes de lo previsto, era probable que no recibiera respuesta esa misma noche, o que no la recibiera hasta las 23h del día 27, como estaba previsto. Pero la paciencia y el sosiego tampoco se encontraban entre sus virtudes. Decidió transmitir, aun a sabiendas de que volvía a poner en peligro su seguridad. Sin embargo tenía una justificación. Durante la tarde, en una de las pruebas de sintonización que realizó con el radiotransmisor, había interceptado un mensaje. No podía saber si era del enemigo, o de algún espía aliado. En cualquier caso lo había copiado.

Si era alemán existía la posibilidad de descifrarlo. Los alemanes cifraban sus mensajes con Enigma. Enigma era una máquina de cifrado de gran calidad. Además contaba con la ventaja de que para descifrar los mensajes era absolutamente necesario poseer una máquina Enigma. Es decir, el enemigo podía interceptar un mensaje, pero si no tenía una máquina en su poder no podría descifrarlo. Los mensajes cifrados con enigma no tenían clave numérica, la clave era en realidad la posición y la orientación de los rotores internos y el orden de los interruptores eléctricos. Los alemanes la consideraban indescifrable por los cientos de millones de posibilidades de cifrado que ofrecía.
Sin embargo los ingleses habían capturado algunas de ellas. Y también habían descubierto el método de descifrar los mensajes, a menudo se les olvidaba decir que fue gracias a los polacos, quienes descifraron las primeras comunicaciones y poco antes de ser invadidos, compartieron su descubrimiento con Franceses y Británicos.

El ejercito germano cambiaba la configuración de la máquina cada día, el método que usaban los alemanes para descifrar los mensajes, consistía en transmitir las configuraciones diarias como preámbulo al mensaje presente, pero codificadas según las configuraciones del día anterior. De modo que si se tenía la clave de un día, era posible adivinar las posteriores.

Si tenía la suerte de que la transmisión interceptada era alemana, estaría superando las expectativas de sus superiores y también las suyas propias.

Cuando se acercaba la hora de recibir instrucciones, Francis bloqueó la puerta con el calzo y montó el aparato. Debía ser especialmente cuidadoso para no ser descubierto ya que en caso de serlo toda la misión estaría comprometida y su vida en serio peligro. Dada la situación del frente en África, se le notificó que en caso de ser descubierto no podría recibir ayuda exterior, y debería huir y mantenerse a salvo por su cuenta. Es decir, estaría abandonado a su suerte.

TRANSMITIR MENSAJE INTERCEPTADO INMEDIATAMENTE STOP
INTERCEPTAR MENSAJES OK STOP
CONTINUAR MISION SEGÚN PLAN PREVISTO STOP

Vaya, parece que voy a ser de bastante utilidad aquí, pensó Frain cuando terminó de transmitir su respuesta.

Antes de partir hacia Italia, en la planificación de la misión, se le había dado información pormenorizada del estado de las tropas británicas en África. “Están jodidos Francis”, le había dicho el comandante Johnson, “Pero no más que los spaghetti” “Pronto lanzaremos una operación a gran escala en Libia, te necesitamos allí.”

Los aliados temían que Hitler se tomara la guerra por su cuenta en África. El frente era muy confuso, ambos bandos estaban bajo mínimos pero para los aliados sería otro desastre perder también el norte de África. A las tropas británicas se habían unido tropas neozelandesas, australianas e hindúes que inclinaban la balanza a su favor. Pero no estaban acostumbrados a luchar en el desierto y no conocían el terreno. En los primeros días algunas compañías habían logrado grandes éxitos, pero otras habían penetrado sin ser conscientes tras las líneas enemigas, y habían sido capturados debido a lo fragmentado y difuso del frente.

Dado que el avance de la operación Barbarroja no estaba siendo tan rápido como Hitler planificó en un momento, era posible que desviara algunas divisiones al norte de África, para impedir no solo la victoria de los británicos, si no una lanzadera para una posible invasión de Italia.

Su trabajo consistía en evaluar detalladamente determinados objetivos, y principalmente, observar las posibles tropas alemanas de refuerzo, informando del número de batallones, equipación, motorización, vehículos blindados y demás tan pronto como llegaran a puerto.
Recibiría información sensible sobre objetivos y transmitiría prácticamente a diario. Sin duda una misión de gran nivel, debería sentirse orgulloso de haber sido el elegido.

Le habían comunicado que él era el único espía aliado en Trípoli, y era los ojos de los británicos.
Eso, le cabreaba muchísimo. Por lo que había comenzado su guerra particular. Confiaba que el oficial alemán encontrara a nota que le había dejado. No debía serle muy difícil descifrar el mensaje. En cualquier caso, saldría de dudas el día 29.

Descansaba en la cama, apunto de dormir, cuando el sonido de un Stuka sobrevolando Trípoli , le desveló. Los malditos Británicos no terminaban de perder la guerra, pensó Francis, y los cerdos alemanes parece que no la quieren ganar. No comprendía como Hitler había permitido la evacuación de las tropas francesas e inglesas de las playas de Dunkerque. 370.000 soldados que permanecían acorralados en las playas del norte de Francia, fueron evacuados a Gran Bretaña bajo la complicidad de los alemanes, que redujeron la velocidad de su avance, dando tiempo a que la operación de rescate se culminara con éxito. Algunos rumores apuntaban a que Hitler quiso tener un gesto de buena voluntad con los aliados, para forzar un armisticio. Los ingleses, aun sabiéndose en inferioridad ante el ejército alemán, no tuvieron nunca en mente tal cosa.

Tal desplante dio pié al inicio de los planes de invasión de Gran Bretaña, no sin que antes, el Führer se diera un triunfal paseo por París. Si la invasión de Gran Bretaña tenía éxito, la guerra habría acabado y quizá entonces su padre podría ver cumplido su sueño.
Mientras todos estos pensamientos inundaban su mente, la cruz celta le quemaba en el pecho.

Su mente también le llevó a repasar los años que pasó en la academia militar de Fork Union en Richmond, Virginia. Los estaba tirando por la borda. Fork Union era una de las academias militares más prestigiosas del este de los Estados Unidos. Fundada en 1898, había sido cuna de grandes estrategas. Su éxito se basaba en la aplicación absoluta de su lema sobre sus cadetes: Cuerpo, Mente, Espíritu. En base a esos tres pilares, a los alumnos se les exigía una excelente forma física, unos resultados académicos brillantes, y un compromiso con su país absoluto.

Bueno, por el momento continuaba en buena forma, seguía conservando su inteligencia, y no tenía intención de traicionar a su propio país.

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